De repente, la crisis o la desaceleración o como se quiera llamar ha hecho que la mayoría de ciudadanos se impliquen de forma, más o menos activa, en la política. Pero aún así, esa dedicación no es suficiente ya que el pueblo debe concienciarse de cual es su papel y su deber como ciudadano.
Y es que, pese a que la gente sale a la calle a protestar lo
hacen quienes, de una forma u otra, han sido azotados por el latigazo de los
recortes, y la desgracia es que ese vara cada día toca a más españoles.
¿Por qué hablo de concienciar? Porque muchos no entienden lo
que significaba el Estado del Bienestar y los malos actos y la codicia
rompieron con el valor social más importante de la historia.
El español incumple la ley en cualquiera de los eslabones de
la jerarquía social. Lo hace el político y lo hace el ciudadano. Uno para
enriquecerse y demostrar el poder absoluto que tiene sobre el pueblo, como si
un monarca del régimen absolutista se tratara y su escaño fuese impuesto por imposición
divina más que por el voto del pueblo. Aunque visto la influencia de la Iglesia
en esta legislatura, esta asimilación no parece muy contradictoria.
Y para no ser menos, aunque a inferior escala también “mete
la mano” el de abajo. Y aunque no critico al que lo hace por necesidad, si que
me escandalizo cómo asumimos el fraude sin ni si quiera pensar que se trata de
un acto fraudulento.
Siempre me he alarmado de esta concepción que tiene la mayoría
de los ciudadanos de a pie de lo que significa la prestación del paro (cobrarla y al mismo tiempo trabajar sin contrato), la
obligación de pagar impuestos (aunque esta evasión es más de grandes esferas que
de pequeñas), de cobrar ayudas sin necesitarlas y un largo ect de acciones que
son ILEGALES. Aunque la mayoría las utilice para su bienestar todo esto, además
de la gran corrupción de nuestros políticos, a que de degenere todo lo que
nuestros antepasados lucharon y lucharon por conseguir.
Y gracias a los actos fraudulentos, esos que algunos
utilizan para cobrar dos sueldos o para beneficiarse de ayudas que no les
corresponden la pobreza y el desamparo social recorren España entera como una
epidemia mortal que deja agonizando a la clase media y da muerte a los que ya
no tienen donde aferrarse.
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