Me mareo. No puedo evitarlo. Tanta sal en mi boca me produce nauseas. No encuentro el lugar donde esconderme del sol. No quedan lugares seguros porque ya están ocupados. Una seguridad que se tambalea dentro de la pequeña barca. No hay espacio para todos. Y todos lo sabemos.
Tengo angustia. Quiero que mi cabeza deje de dar vueltas y vueltas, que el barco deje de moverse, que los nervios de mis compañeros no la balanceen más. Mis pies se mojan con el agua que entra dentro de este navío. Mis labios se resecan: Ya no puedo sonreír.
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jueves, 12 de marzo de 2009
lunes, 2 de marzo de 2009
Bitácora día segundo: "El despertar"
Es curioso como amanece un nuevo día y se tiene la sensación de que todo es diferente. Mi despertador suena a las seis de la mañana, desde hace ya más de diez años. Me he acostumbrado a levantarme antes que el día, a no perder el tiempo mientras veo pasar los minutos decidiendo cual es el momento ideal para levantarme y enfrentarme al nuevo día que acontece.
Desde hace más de quince años, sin darme cuenta, como si fuese una lánguida capa de moho que me cubre la piel, he adquirido hábitos de los que no consigo desprenderme. Es fácil acostumbrarse a ellos: a prescindir del olor a leche caliente de un cazo y necesitar la taza de agua hirviendo que sale del microondas, a olvidar los momentos vacíos de televisión representados con el “nodo” de las seis de la mañana en el monopolio televisivo y estar haciendo zapping en todos los canales del tdt, a olvidarme del olor a papel impreso en el desayuno y leer las noticias en la pantalla plana del portátil con un vaso de plástico lleno de café.
Las diferencias imperceptibles que se escurren entre los días comienzan a agudizarse en estos momentos difíciles. No conozco el momento de inflexión en el cual todo comenzó a cambiar. Ni supe darme cuenta de que las diferencias, entonces inapreciables, se convirtieron en el proceso evolutivo de un cambio muy significativo que se ha nutrido de mi sangrado y abastecido sin reparos de mi angustia.
Y es curioso cómo así, con ese nuevo miedo sugestionado, llego a la meta de mi destino de cada día.
Desde hace más de quince años, sin darme cuenta, como si fuese una lánguida capa de moho que me cubre la piel, he adquirido hábitos de los que no consigo desprenderme. Es fácil acostumbrarse a ellos: a prescindir del olor a leche caliente de un cazo y necesitar la taza de agua hirviendo que sale del microondas, a olvidar los momentos vacíos de televisión representados con el “nodo” de las seis de la mañana en el monopolio televisivo y estar haciendo zapping en todos los canales del tdt, a olvidarme del olor a papel impreso en el desayuno y leer las noticias en la pantalla plana del portátil con un vaso de plástico lleno de café.
Las diferencias imperceptibles que se escurren entre los días comienzan a agudizarse en estos momentos difíciles. No conozco el momento de inflexión en el cual todo comenzó a cambiar. Ni supe darme cuenta de que las diferencias, entonces inapreciables, se convirtieron en el proceso evolutivo de un cambio muy significativo que se ha nutrido de mi sangrado y abastecido sin reparos de mi angustia.
Y es curioso cómo así, con ese nuevo miedo sugestionado, llego a la meta de mi destino de cada día.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Bitácora: "Día primero"
Esta es mi bitácora personal de todos los sentimientos que hoy acuno. Montada en el símil de mi pequeña barca que encarna mi vida y mi trabajo, quiero dejar constancia de lo que hoy estoy viviendo
Amanece un día extraño, como todos los que acontecen en estos tiempos, nubes rojizas y cielo ceniciento. Es como si de repente despertase y estuviera aquí, envuelta entre todo este amasijo de miedos, presiones e incertidumbres. Hoy, no comienza esta travesía, hoy solo describo donde me encuentro: subida en este pequeño barco que yo misma construí hace años.
Hay letras que quieren destacar entre la página en blanco, y presionar al olvido para que se esfume de este futuro incierto. Quieren dejar constancia de esta lucha que nos ha vestido de soldados de guerra y nos ha puesto en la primera fila del batallón. Por eso hoy es el primer día mi bitácora y porque tampoco sé reconocer en qué momento perdí la orientación de mi barca, ni tampoco sé, si algún día llevé el timón de su avance.
Las corrientes son fuertes, las tempestades también pero aún hay fuerzas para agarrarse a la madera de este barco. Mientras, el miedo aflora cada vez que una nueva ola azota este pequeño navío.
Hay gente que nos abandona, soltados a la mar a su propia suerte, unos más afortunados que otros. Su caída al mar es lenta. Algunos saben aferrarse al flotador que se lanza con ellos, mientras que los más débiles se cansan de mover sus piernas para no hundirse.
Mis compañeros y yo, los que nos quedamos en la barca, extendemos unas manos que no sirven de salvavidas y que lo único que saben hacer es decir adiós y bajar la vista sobre el mar, sobre el verde mar que ni si quiera nos acompaña con tranquilidad.
Y nuestra barca se aleja, y se pierden las figuras en el agua, mientras los que continuamos a la deriva, aferrados a la esperanza de que nuestra suerte cambie, soñamos con la esperanza de ver pronto tierra firme.
Amanece un día extraño, como todos los que acontecen en estos tiempos, nubes rojizas y cielo ceniciento. Es como si de repente despertase y estuviera aquí, envuelta entre todo este amasijo de miedos, presiones e incertidumbres. Hoy, no comienza esta travesía, hoy solo describo donde me encuentro: subida en este pequeño barco que yo misma construí hace años.
Hay letras que quieren destacar entre la página en blanco, y presionar al olvido para que se esfume de este futuro incierto. Quieren dejar constancia de esta lucha que nos ha vestido de soldados de guerra y nos ha puesto en la primera fila del batallón. Por eso hoy es el primer día mi bitácora y porque tampoco sé reconocer en qué momento perdí la orientación de mi barca, ni tampoco sé, si algún día llevé el timón de su avance.
Las corrientes son fuertes, las tempestades también pero aún hay fuerzas para agarrarse a la madera de este barco. Mientras, el miedo aflora cada vez que una nueva ola azota este pequeño navío.
Hay gente que nos abandona, soltados a la mar a su propia suerte, unos más afortunados que otros. Su caída al mar es lenta. Algunos saben aferrarse al flotador que se lanza con ellos, mientras que los más débiles se cansan de mover sus piernas para no hundirse.
Mis compañeros y yo, los que nos quedamos en la barca, extendemos unas manos que no sirven de salvavidas y que lo único que saben hacer es decir adiós y bajar la vista sobre el mar, sobre el verde mar que ni si quiera nos acompaña con tranquilidad.
Y nuestra barca se aleja, y se pierden las figuras en el agua, mientras los que continuamos a la deriva, aferrados a la esperanza de que nuestra suerte cambie, soñamos con la esperanza de ver pronto tierra firme.
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